Luisa puso un repasador dentro del canasto
y fue acomodando uno a uno los frascos de mermelada de membrillo. Usaba bollos
de papel de diario para separarlos entre sí. Cuando completó un piso, los
cubrió con otro repasador y pasó al siguiente. Así hasta completar tres. Lo
levantó con la mano derecha para sentir el peso. La llamó a Carolina. Lo tenés
que llevar a Las acacias. Dáselo a Rosita, le dijo. Agarrá la bicicleta. El
camino es fácil. Salís a la derecha y hacés dos kilómetros hasta el cruce. Vas
a ver una entrada con pilares de ladrillo. Ahí tenés que tomar a la izquierda y
dar una vuelta por un caminito que sale de ahí mismo. Es más fácil si cortás
por ese lado. Hay que buscarlo un poco, pero te vas a dar cuenta. Hacés
quinientos metros y salís al otro camino. A la derecha tenés que darle un poco
más y ya vas a ver la hilera de plátanos de la entrada. Carolina asintió con un
gesto, sin decir palabra. Fue hasta el galpón, dejó el canasto en el piso y tuvo
que hacer fuerza con las dos manos para mover la puerta de chapa que estaba trabada
por hojas secas y ramas que se juntaban en la canaleta, y que con las lluvias
se apelmazaban, bloqueando el riel. El vidrio sucio filtraba la luz dándole un
cariz nebuloso. En el interior, una carrocería de auto, sin motor, con las
gomas bajas y parte de la chapa picada. El patrón lo había comprado con el plan
de ponerle un motor más potente, de seis cilindros, pero el proyecto quedó en
la nada, y el auto se fue cubriendo de polvo. En una de las paredes, las
herramientas estaban sostenidas con los clavos sobre una tabla de madera. Faltaba
una pinza, la pico de loro y uno de los martillos chicos. En su lugar se podían
ver los contornos hechos con cinta negra, para indicar en dónde va cada una. Amontonados
en una de las esquinas había, además, escobas, un rastrillo y dos palas. Carolina
bordeó el auto, con la pierna rozó la punta del paragolpes. Para sostenerse apoyó
los dedos de la mano derecha contra el vidrio. Apenas lo tocó los sacó rápido,
de un impulso, frotándose las yemas entre sí, tratando de limpiarse. Después
siguió y a medida que avanzaba Iba dejando las huellas impresas. Pasó unos
cajones de soda y dio la vuelta hasta llegar a la bici. La agarró del manubrio
y la levantó para poder desandar el pasillo.
Ató el canasto a la parrilla. Avanzó
caminando varios metros, bordeando los eucaliptus hasta la tranquera. Una vez
que la pasó, se sentó y arrancó a pedalear, empujando con fuerza, subiendo y
bajando el cuerpo, oscilando de un lado a otro para tomar envión y poder darle
más ímpetu a cada uno de las pedaleadas, hasta agarrar velocidad.
Por el camino de ripio se abría paso la
bicicleta. A los costados, las orillas de pasto, los yuyos. Buena parte de los
alambrados estaban escondidas entre pastizales más altos. Los rayos de sol
caían oblicuos, todavía con fuerza, sobre el campo de trigo, proyectando
sombra: el movimiento ovalado de los pies sobre los pedales y las estelas de ropa
blandiéndose en el aire. Carolina entrecerraba los ojos protegiéndolos de la luz y el viento. Buscaba
divisar el cruce que le había indicado Luisa. Tomó la curva rápido a la
derecha, haciendo que la rueda de atrás cediera y coleara por el peso de la
canasta, levantando una ola mínima de tierra. Para evitar caerse tiraba el
cuerpo hacia el lado contrario. Siguió un trecho más y frenó buscando el
sendero hasta que vio una entrada angosta entre los pajonales. Las plumas de
las cortaderas se inclinaban y mecían. A medida que avanzaba, la vegetación encajonaba el sendero y la
pendiente se hacía más pronunciada. El manubrio se sacudía, los resortes rechinaban,
la carne de los brazos le temblaba. De repente, se encontró frente a un desnivel
abrupto... Cerró los puños apretando los frenos. La rueda de adelante se
incrustó entre raíces. La cola se levantó y la hizo darse vuelta y dar un
latigazo fuerte contra el piso. Carolina quedó enredada entre los caños del cuadro.
Una de las ruedas daba vueltas en el aire, traqueteando contra dos rayos que se
habían soltado. El canasto voló, chocó contra un tronco y se rompió. Por entre
las trenzas de mimbre el membrillo se filtraba como sangre espesa.
Cuando se levantó se sacudió la tierra de
encima. Tenía raspones en los codos y las rodillas, y un corte leve en la sien
del que se deslizaba una gota. Los frascos estaban casi todos rotos. Se
salvaban dos o tres solamente. De la bicicleta, además, se había doblado el
guarda barros, pero nada que no la permitiera usarla, al menos para volver. Empezó
a sentir una fuerte presión en la cabeza, y un sonido agudo, punzante, que no
la dejaba escuchar bien.
Apoyó la mano contra un árbol, podía
sentir las vetas de la corteza sobre la palma, hundiéndose en la carne. Se puso
en cuclillas. Entre las hojas y raíces había un par de hongos anaranjados. Se
recostó apoyando la espalda contra el tronco. Miraba el cielo, o lo poco que
podía ver del cielo, las copas que se mecían. Ramas, tallos y hojas como
falanges recortados por un fondo claro. La tierra se hinchaba con cada
inhalación y se deshinchaba con la exhalación. Se mecían, las copas, de un lado
a otro, y Carolina pensaba en el mar. Pensaba en las olas y en ese rugido
escondido detrás de los médanos, oculto adentro de una caja. El mar, el océano
entero, adentro de una caja diminuta, nacarada. Agujas, hilo y dedal, y el mar.
El mar y la arena. La playa. Una aguaviva desmembrada, huevos de cazones vacíos,
mejillones hundiéndose en la orilla, burbujeando. Las olas iban y venían
chocando contra la madera, la sal carcomía con sus tenazas las paredes porosas,
mientras que las ramas se movían de un lado a otro. Pero ¿De dónde sale el
viento?
Cuando abrió los ojos el ruido punzante se
había ido y pudo pararse. Caminaba lento, apoyando los pies con cuidado, como
si pudiera errarle al piso. Alcanzó apoyarse en el tronco de un espinillo y, sin
saber muy bien por qué,
siguió
avanzando. Le costaba enfocar. Cada cosa que miraba tenía un aura, un halo esfumado que rodeaba los árboles, los arbustos, los
troncos caídos, las hojas en el piso… Rayos de sol entraban entre las copas: miles
de partículas flotaban en el aire. Todavía le dolían los oídos. Seguía la luz.
No tenía una noción clara de la distancia, ni de dónde había quedado la
bicicleta. Podría estar detrás suyo o haberse hundido en el barro. A lo lejos,
dentro del monte, vio a un hombre que arrastraba un bulto. Carolina se agachó
detrás de un tronco. Lo seguía con la mirada. Era de contextura grande, pero
así y todo se notaba que eso le estaba dando trabajo. Cuando lo perdía de
vista, esperaba unos instantes y cambiaba de escondite.
Después de un rato alcanzó a ver una construcción
oscura, a contraluz. Era una casa que tenía parte del techo vencido, la humedad
trepando por las paredes y verdín cubriendo las tejas. El hombre bordeó la casa.
Hizo un último esfuerzo por arrimar la bolsa al piso de ladrillo cerca de la puerta
de atrás. La dejó tirada y se sentó en un tronco. Sacó un paquete de
cigarrillos del bolsillo de la camisa, lo golpeo contra la muñeca hasta que
asomó un filtro. Lo colocó cerca de la comisura y lo encendió con un fósforo. Miraba
las copas de los árboles, el fondo anaranjado, las nubes arreboladas. Daba
pitadas largas y echaba el humo que quedaba suspendido por un instante en el
aire hasta que el viento lo desarmaba. En el claro había una cubierta llena de
agua, una pila de cajas de madera, medio podridas, y unos tachos de nafta.
La bolsa se empezó a agitar. Sin apagar el
cigarro, sosteniéndolo entre los dientes, sacó una jeringa del bolsillo, le
puso un pie encima y se agachó para darle una inyección a través del plástico.
Parte de la bolsa se infló y desinfló, dando unos últimos estertores hasta
quedarse inmóvil.
Carolina tenía sed, le dolían los dientes,
la cabeza le latía. Trataba de inhalar todo el aire que podía, pero no daba
abasto. Por momentos creía estar alucinando. Una huella del sonido punzante todavía
la molestaba. Las piernas resentidas por el golpe seguían flojas. Dio un paso
atrás y después otro, tratando de no hacer ni el más mínimo ruido. A unos cien
metros del puesto, se largó a correr en dirección a la bicicleta. Los pájaros
cantaban en silencio. Solo el sonido de las suelas contra las hojas llegaba a
sus oídos. Después de dar una vuelta por el linde del monte, la encontró.
Estaba tirada y rota como un animal lastimado aplastando el follaje. Se
subió y pedaleó lo más rápido que pudo, dejando atrás el canasto, los frascos
rotos de mermelada entre repasadores, el pasto y las plumas de las cortaderas
que se mecían como crines de caballos transparentes.
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