Luisa puso un repasador dentro del canasto y fue acomodando uno a uno los frascos de mermelada de membrillo. Usaba bollos de papel de diario para separarlos entre sí. Cuando completó un piso, los cubrió con otro repasador y pasó al siguiente. Así hasta completar tres. Lo levantó con la mano derecha para sentir el peso. La llamó a Carolina. Lo tenés que llevar a Las acacias. Dáselo a Rosita, le dijo. Agarrá la bicicleta. El camino es fácil. Salís a la derecha y hacés dos kilómetros hasta el cruce. Vas a ver una entrada con pilares de ladrillo. Ahí tenés que tomar a la izquierda y dar una vuelta por un caminito que sale de ahí mismo. Es más fácil si cortás por ese lado. Hay que buscarlo un poco, pero te vas a dar cuenta. Hacés quinientos metros y salís al otro camino. A la derecha tenés que darle un poco más y ya vas a ver la hilera de plátanos de la entrada. Carolina asintió con un gesto, sin decir palabra. Fue hasta el galpón, dejó el canasto en el piso y tuvo que hacer fuerza con la...
La doble línea amarilla seguía la ruta, las rectas, las curvas, la aspereza del asfalto, sin perder nunca el centro; los montes se alejaban desvaneciéndose contra el horizonte, las vacas pastando se iban deslizando sobre una cinta de montaje hacia la nada. Alberto miraba por el espejo retrovisor hasta que se vio a sí mismo, o al menos un parte de sí: dos arrugas en la frente; una ceja poblada; las patas de gallo eran pétalos; las pestañas, los estambres; la pupila, el gineceo. Después del accidente, a Alberto se le había metido por un instante la idea de irse sin mirar atrás. Ya estaba bastante cansado de esos episodios… la solución era irse, acelerar, empezar de cero, en otro lado, en una casa diferente. Pero en seguida algo adentro suyo se reacomodó, lo hizo volver en sí y entender que eso era ridículo, imposible. Por más que a veces le costara aceptarlo, él no se podía alejar de ella. Simplemente no podía. La única opción era quedarse. Además tenía la seguridad absoluta de...