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El espesor de la sangre - Cap. a definir (segunda parte)

Luisa puso un repasador dentro del canasto y fue acomodando uno a uno los frascos de mermelada de membrillo. Usaba bollos de papel de diario para separarlos entre sí. Cuando completó un piso, los cubrió con otro repasador y pasó al siguiente. Así hasta completar tres. Lo levantó con la mano derecha para sentir el peso. La llamó a Carolina. Lo tenés que llevar a Las acacias. Dáselo a Rosita, le dijo. Agarrá la bicicleta. El camino es fácil. Salís a la derecha y hacés dos kilómetros hasta el cruce. Vas a ver una entrada con pilares de ladrillo. Ahí tenés que tomar a la izquierda y dar una vuelta por un caminito que sale de ahí mismo. Es más fácil si cortás por ese lado. Hay que buscarlo un poco, pero te vas a dar cuenta. Hacés quinientos metros y salís al otro camino. A la derecha tenés que darle un poco más y ya vas a ver la hilera de plátanos de la entrada. Carolina asintió con un gesto, sin decir palabra. Fue hasta el galpón, dejó el canasto en el piso y tuvo que hacer fuerza con la...
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El espesor de la sangre Cap. a definir (segunda parte)

La doble línea amarilla seguía la ruta, las rectas, las curvas, la aspereza del asfalto, sin perder nunca el centro; los montes se alejaban desvaneciéndose contra el horizonte, las vacas pastando se iban deslizando sobre una cinta de montaje hacia la nada. Alberto miraba por el espejo retrovisor hasta que se vio a sí mismo, o al menos un parte de sí: dos arrugas en la frente; una ceja poblada; las patas de gallo eran pétalos; las pestañas, los estambres; la pupila, el gineceo.   Después del accidente, a Alberto se le había metido por un instante la idea de irse sin mirar atrás. Ya estaba bastante cansado de esos episodios… la solución era irse, acelerar, empezar de cero, en otro lado, en una casa diferente. Pero en seguida algo adentro suyo se reacomodó, lo hizo volver en sí y entender que eso era ridículo, imposible. Por más que a veces le costara aceptarlo, él no se podía alejar de ella. Simplemente no podía. La única opción era quedarse. Además tenía la seguridad absoluta de...

El espesor de la sangre Cap. 6

El viento sopla y mueve las ramas de los eucaliptus que crujen suavemente. Camino por el monte, entre las hojas y las cortezas secas que se fueron desprendiendo de los troncos. Doy un paso y después otro, pero no siento las asperezas del piso, creo que floto. Las nubes se mueven atravesando el cielo con lentitud. Algunas colisionan con otras más chicas, las desarman, las arrastran hasta transformarse en unas nuevas, con formas diferentes que siguen el camino que les dicta el viento. Algo me llama con fuerza. Cada parte de mi cuerpo, cada partícula, cada célula está unida entre sí. Un vapor de energía fluye liviano y espeso por los vasos conectando los diferentes compartimentos desde la punta de los pies hasta la coronilla; esa sustancia vaporosa vaga en mi interior, entra a la aurícula, llena el corazón y pasa a los ventrículos para volver a los órganos. Miro mi mano traslúcida y gelatinosa como una medusa. Estoy envuelta por un aura que me arrastra y se proyecta hacia el campo en ...

El espesor de la sangre Cap. 4

Forcejeo y logro soltarme. Corro lo más rápido que puedo. El horizonte sube y baja rebotando, sube y baja. Dale, boluda, dale. Miro mis pies y trato de dar las zancadas más largas que puedo, lo más rápido posible. Miro mis zapatillas y deseo que sean aladas y que comiencen a elevarse, pero en lugar de eso me veo a mi misma corriendo delante de mí, el pelo que flota y se ondea en el aire, la carterita cruzada sobre el saco, y la pollera de jean. A cada paso el cuerpo hace una torsión y se turna un codo y el otro, una pierna y después la otra. Los pastizales crujen con la carrera. Para ellos no es más que un juego y yo su presa. Soy una liebre perseguida por galgos. Me veo, la veo, irse lejos, a toda velocidad, cada vez más rápido. Y me pasan los galgos furiosos con sus bombachas y sus botas, tratando de alcanzarme, tratando de alcanzarla. Todavía les saco un trecho, pero esta no es una carrera de velocidad sino que es una carrera de resistencia. La rapidez responde a la excitac...

El espesor de la sangre Cap. 1

Ninguno de los dos habló por un buen rato. Los cables de luz salían de un poste y con su propio peso pronunciaban una curva leve hasta llegar al punto más bajo, y comenzaban a ascender, llegaban a otro poste, para luego volver a descender. Algunos pájaros se posaban a descansar. Cada tanto se veía un nido de hornero en lo más alto. Nubes, en el cielo. Las manos agarraban el volante con firmeza. Eran manos grandes, un poco oscuras, manchadas por el sol, con pelos negros. La prolijidad y el cuidado que tenía en sus uñas saltaba a la vista. El velocímetro marcaba ciento cuarenta kilómetros por hora. Las mariposas se estrellaban contra el radiador y el parabrisas. Un chorrito de agua y el vaivén de las escobillas empeoraban la situación empastando y desparramándolas por todo el frente. Pronto iban a tener que parar a cargar nafta, así que aprovecharían para que el playero les limpie a fondo el vidrio. Ella dormía, tirada, con el cuello doblado y los rulos oscuros sobre la cara. El cint...