La doble línea amarilla seguía la ruta, las
rectas, las curvas, la aspereza del asfalto, sin perder nunca el centro; los
montes se alejaban desvaneciéndose contra el horizonte, las vacas pastando se
iban deslizando sobre una cinta de montaje hacia la nada. Alberto miraba por el
espejo retrovisor hasta que se vio a sí mismo, o al menos un parte de sí: dos
arrugas en la frente; una ceja poblada; las patas de gallo eran pétalos; las
pestañas, los estambres; la pupila, el gineceo.
Después
del accidente, a Alberto se le había metido por un instante la idea de irse sin
mirar atrás. Ya estaba bastante cansado de esos episodios… la solución era
irse, acelerar, empezar de cero, en otro lado, en una casa diferente. Pero en seguida
algo adentro suyo se reacomodó, lo hizo volver en sí y entender que eso era
ridículo, imposible. Por más que a veces le costara aceptarlo, él no se podía
alejar de ella. Simplemente no podía. La única opción era quedarse. Además
tenía la seguridad absoluta de que Carolina no podía vivir sin él. Y le
preocupaba que anduviera sola, aunque eso no era lo único que le preocupaba.
Después de que atropelló al perro (y ella
desapareciera) se
encargó de rastrillar toda la zona. Alberto ya se había cansado de dar vueltas.
Ni un solo rastro en campos, en montes, en puestos abandonados. Aunque no le terminara
de convencer mucho la idea, se había decidido por empezar a preguntar en los
pueblos. Tenía que tener cuidado y pasar
desapercibido.
Pisó un poco el freno para bajar la velocidad. Miró
el cartel verde. Tenía que tomar la rotonda para dar media vuelta y poder
enganchar la entrada. Ancladas en el centro se podían ver letras grandes de un
blanco agrisado que formaban el nombre del pueblo. Detrás había una
construcción muy básica, cuadrada, con un mástil y una bandera argentina
desteñida. El camino de acceso era de asfalto, pero de un asfalto más áspero,
desprolijo, más oscuro. En los costados había algunas cabras desperdigadas
pastando. Un grupo de vacas sentadas daban la sensación de tener las patas
hundidas en el agua verde de un pantano. Al fondo se podía ver un tambo y más
allá tres grandes silos cilíndricos de chapa acanalada con techos cónicos.
El pueblo era mucho más grande de lo que
parecía desde la ruta. Alberto hacía un reconocimiento del lugar. Tomó una
calle lateral. Las casas se parecían bastante unas a otras, con techos de tejas
rojas y ventanas de rejas negras. El camino estaba contenido por naranjos. Hizo
cuatro cuadras y dobló en la esquina,
donde había un almacén con canastos y bolsas de carbón sobre la vereda. Dio unas
vueltas más y terminó siguiendo un camino que bordeaba la vía. La estación de
tren tenía los postigos cerrados, algunas ventanas rotas, y pintadas sobre las
paredes de ladrillo.
Alberto se detuvo. Bajó la visera y se miró en
el espejito. Tenía la piel tirante, terrosa, el pelo arremolinado. Agarró la
botellita, se mojó la mano y se la pasó por la cara. Después se peinó con los
dedos un poco. Bajó para estirar las piernas. Había estado demasiado tiempo
sentado en la butaca del auto. Dejó la puerta abierta. Con los dos brazos se agarró
del borde del techo y hacía sentadillas, tratando estirar la espalda. Un camión
se acercaba lento, entonces se irguió y se apoyó contra el auto. Manoteó del
bolsillo los cigarrillos y prendió uno, mientras esperaba que pase. En la
cabina del camión iban tres tipos que lo miraban, comentaban algo y reían,
mientras uno de ellos cebaba mate. Las vacas, atrás, miraban por entre las
tablas de madera. El olor ácido era penetrante. El camión pasó levantando polvo
y algunas piedras. Lo siguió con la mirada. En la parte de atrás un cartel
decía “El culpable de tus lágrimas”.
Enfrente había una panadería. Alberto cruzó la
calle, frenó un segundo en el bulevar acostumbrado a mirar y siguió hasta
meterse en el negocio. La panadería era un poco oscura, con azulejos color ocre
y un gran espejo contra la pared. La mujer que atendía era ancha, arrugada, con
el ojo derecho desviado. Tenía la panza envuelta por un delantal turquesa. Un pañuelo del mismo color le cubría el pelo
enrulado.
─Buenos
días
─Bueno
días ─. Agarró la cruz que le colgaba del cuello y le dio un beso─. ¿Qué le
puedo servir?
─¿Cuánto
están los bizochitos?
─Quince
el kilo. Cuernitos, bizcochos, libritos. Todo lo mismo.
─¿Y
para almorzar?
─Y
ahí tiene empanadas y tartas ─señaló el mostrador─. También hay sándwiches de miga
o de milanesa, en francés, figazza, con lechuga, tomate.
─¿Las
empanadas de qué son?
─Son…
son… ─se quedó callada unos segundos. Había perdido el hilo. Un ojo miraba a un
costado y el otro hacia arriba─. Perdón. ¿Qué me preguntó? ─mientras se rascaba la sien con el
índice.
─Las
empanadas, de qué las hacen.
─Ah,
sí, la masa es casera, fritas en grasa y al horno.
─…pero
los gustos ─Alberto vio que una gasa le envolvía el
dedo.
─Carne,
pollo, jamón y queso, humita y... jamón y queso.
─¿De
roquefort hacen? ─la punta de la gasa estaba mancha con
sangre fresca.
─No.
─¿Y
de cebolla y queso?
─
Ya le dije que sí ─y se mordió el labio inferior, fastidiada.
Alberto
inhaló hondo. Se quedó en silencio por unos segundos, mirando unos pastelitos amontonados
en una placa de aluminio decorados con granas de colores.
─Mejor
deme una milanesa con lechuga y tomate.
─¿En
sándwich?
─Sí,
sí, en sándwich.
─Muy
bien. ¿La quiere con lechuga y tomate?
Alberto
asintió, pero ella no llegó a entenderlo y repitió:
─Con
tomate, ¿lo quiere con tomate?
─Sí, por favor. Y mayonesa.
─Cuando
sale le traigo y le pone usté…
La
señora se fue dando unos pasos cortitos y se metió en la cocina. Alberto
escuchó que abría la heladera y no la podía volver a cerrar. Le dio varias
patadas hasta que pudo trabarla. Después de unos segundos comenzaron los golpes
fuertes contra una tabla. No podía creer que estuviera haciendo las milanesas
de cero.
Con
cada martillazo Alberto se imaginaba los puntitos del martillo sobre la carne,
una y otra vez, dejándola fina como una tela. Con cada golpe, salpicaba un poco
de sangre y saltaban pedacitos rojos sobre la mesada, los azulejos y el
delantal.
Alberto daba vueltas en el lugar. La caja
estaba en una esquina. El mostrador hacía una ele, pasando por las facturas,
polvorones, alfajorcitos hasta llegar a las masas secas y a una heladera
vertical, en la que se exhibían las tortas.
La señora volvió a aparecer entre las cintas de
colores de la puerta, con un paquete de papel madera en el que se insinuaban
aureolas de transpiración de la fritura. La señora le hablaba, pero el ojo
derecho se fugaba hacia otro lado. Unos pedacitos mínimos de carne le decoraban
la cara.
Alberto se señaló con el dedo índice la frente:
─Tiene algo ahí…
La señora hizo el mismo movimiento en espejo.
Se le había caído la venda del dedo y se podía ver que le faltaba la última
falange. Alberto se quedó mirando, con los labios apenas separados.
─¿Ya
está?
─No,
no, más arriba.
Cansada
de estar adivinando la señora se pasó el antebrazo secándose la transpiración,
arrastrando los pedacitos rojos. El dedo todavía le sangraba. Dos gotas cayeron
sobre el vidrio del mostrador.
Alberto sacó del bolsillo unos billetes húmedos,
hechos un bollo. Los estiró apurado, y se los dio. “Muchas gracias”. Salió por
la puerta con la bolsa tibia y fue hasta el auto. Le dio la vuelta y tiró el
sándwich entre el cordón y la rueda de atrás, devolviéndolo al agua.
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