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El espesor de la sangre Cap. 4



Forcejeo y logro soltarme. Corro lo más rápido que puedo. El horizonte sube y baja rebotando, sube y baja. Dale, boluda, dale. Miro mis pies y trato de dar las zancadas más largas que puedo, lo más rápido posible.
Miro mis zapatillas y deseo que sean aladas y que comiencen a elevarse, pero en lugar de eso me veo a mi misma corriendo delante de mí, el pelo que flota y se ondea en el aire, la carterita cruzada sobre el saco, y la pollera de jean. A cada paso el cuerpo hace una torsión y se turna un codo y el otro, una pierna y después la otra. Los pastizales crujen con la carrera. Para ellos no es más que un juego y yo su presa. Soy una liebre perseguida por galgos.
Me veo, la veo, irse lejos, a toda velocidad, cada vez más rápido. Y me pasan los galgos furiosos con sus bombachas y sus botas, tratando de alcanzarme, tratando de alcanzarla. Todavía les saco un trecho, pero esta no es una carrera de velocidad sino que es una carrera de resistencia. La rapidez responde a la excitación y la ansiedad del momento, son perros rabiosos y hambrientos. Tengo pena de mi misma y deseo convertirme en pájaro o en un árbol. Que los brazos sean ramas buscando al sol y que mis piernas no otra cosa que raíces hundiéndose firmes en la tierra. Ser un árbol de acero, remachado, impenetrable con hojas de cobre y bronce, en el medio del campo. Quería ser eso o que ella fuera eso y yo después ser su espíritu.
Nos tropezamos. Se tropezó. En la caída se de un golpe en la rodilla que no le permite volver a levantarse. Los galgos la alcanzan. Uno le salta encima, atenaza el torso con sus rodillas y le pega una trompada en la cara, tajeándola a la altura de la ceja. Ella se cubre con las manos para protegerse. Llegan los otros dos y la agarran uno de cada brazo. Ahí le vuelve a dar tres veces más, sin asco. Ella llora y grita. Escupe sangre que con baba cae alrededor de la boca. Yo trato de ayudarla. Me aferro al cuello del primero de los galgos, pero nada lo detiene. Ella se mueve como una serpiente tratando de liberarse y chilla. El primero le arranca la remera y después el corpiño dejándola en tetas y pollera de jean. Le lame con un lengüetazo desde el ombligo hasta los pezones, succionando y mordiéndola. Cuando trata de volver a hacerlo recibe una patada en la mandíbula. Ahí salto sobré él, pero no siente ninguno de mis golpes. Trato de hacer algo aunque sé que no tiene sentido.
El primer galgo le pisa los pies y se agacha para tirar de la pollera. Su desnudez es subrayada por las all-stars y una tobillera de hilo, ahora ridícula. No puedo dejarla sola. No puedo. Así que vuelvo a ella, no como a un árbol blindado en la soledad del campo. Vuelvo para sufrir. Y lo veo al galgo encima de mí, y a los otros que sostienen mis brazos con las rodillas. Se baja los pantalones y la pija se hincha, roja, y de golpe siento que todo se detiene y veo el cielo y las nubes, y sueño que le doy golpes al galgo y que me defiendo, me libero y lo mató. Pero en lugar de eso estoy ahí, con esos perros excitados que me agarran de los brazos y ese galgo pijudo que me hace temblar. Uno de los que me sostiene también pela y empieza a pajearse, mientras el otro mira. Tengo miedo y veo las nubes, y miro el cielo. Quiero ser un pájaro o un árbol blindado. Quiero la muerte, la mía, pero primero la de ellos, arrancarles la piel, arrancarles la cara.
Y de repente un galguito se para, asustado y después el otro también. El galgo no se da por aludido, hasta que un filo lo atraviesa y lo deja con los ojos blancos. Cae sobre mí, pesado, y empiezo a perder el conocimiento en un espasmo de dolor y de muerte.  

No hay ni campo ni galgos, ni cielo, ni nada. Solo dolor que se expande y se contrae como un gran latido en la oscuridad, que no me permite sentir el cuerpo. Veo unas polillas que revolotean al lado de un farol. Hacen sombras monstruosas, se posan y dan más vueltas agitando las alas, hasta que despierto. Las nubes pomposas navegan arrastradas por un viento calmo. Los pastizales se ondean y puedo sentir la brisa sobre mi cuerpo desnudo, enfriando la sangre y las heridas. Tardo en incorporarme. Siento la panza rígida. Las articulaciones doloridas. Sangro. Apoyo el codo y me incorporo hasta sentarme. No hay rastro de ellos. Miro unos segundos el campo y el monte que está cerca. Las cotorras dan una vuelta y se vuelven a perder en la densidad verde. Cuando trato de pararme me caigo al piso y empiezo a perder el conocimiento otra vez.

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