Forcejeo
y logro soltarme. Corro lo más rápido que puedo. El horizonte sube y baja
rebotando, sube y baja. Dale, boluda, dale. Miro mis pies y trato de dar las
zancadas más largas que puedo, lo más rápido posible.
Miro
mis zapatillas y deseo que sean aladas y que comiencen a elevarse, pero en lugar de eso me veo a mi misma
corriendo delante de mí, el pelo que flota y se ondea en el aire, la carterita
cruzada sobre el saco, y la pollera de jean. A cada paso el cuerpo hace una
torsión y se turna un codo y el otro, una pierna y después la otra. Los
pastizales crujen con la carrera. Para ellos no es más que un juego y yo su
presa. Soy una liebre perseguida por galgos.
Me
veo, la veo, irse lejos, a toda velocidad, cada vez más rápido. Y me pasan los
galgos furiosos con sus bombachas y sus botas, tratando de alcanzarme, tratando
de alcanzarla. Todavía les saco un trecho, pero esta no es una carrera de
velocidad sino que es una carrera de resistencia. La rapidez responde a la
excitación y la ansiedad del momento, son perros rabiosos y hambrientos. Tengo
pena de mi misma y deseo convertirme en pájaro o en un árbol. Que los brazos
sean ramas buscando al sol y que mis piernas no otra cosa que raíces
hundiéndose firmes en la tierra. Ser un árbol de acero, remachado, impenetrable
con hojas de cobre y bronce, en el medio del campo. Quería ser eso o que ella
fuera eso y yo después ser su espíritu.
Nos
tropezamos. Se tropezó. En la caída se de un golpe en la rodilla que no le
permite volver a levantarse. Los galgos la alcanzan. Uno le salta encima,
atenaza el torso con sus rodillas y le pega una trompada en la cara, tajeándola
a la altura de la ceja. Ella se cubre con las manos para protegerse. Llegan los
otros dos y la agarran uno de cada brazo. Ahí le vuelve a dar tres veces más,
sin asco. Ella llora y grita. Escupe sangre que con baba cae alrededor de la
boca. Yo trato de ayudarla. Me aferro al cuello del primero de los galgos, pero
nada lo detiene. Ella se mueve como una serpiente tratando de liberarse y chilla.
El primero le arranca la remera y después el corpiño dejándola en tetas y
pollera de jean. Le lame con un lengüetazo desde el ombligo hasta los pezones,
succionando y mordiéndola. Cuando trata de volver a hacerlo recibe una patada
en la mandíbula. Ahí salto sobré él, pero no siente ninguno de mis golpes. Trato
de hacer algo aunque sé que no tiene sentido.
El
primer galgo le pisa los pies y se agacha para tirar de la pollera. Su desnudez
es subrayada por las all-stars y una
tobillera de hilo, ahora ridícula. No puedo dejarla sola. No puedo. Así que
vuelvo a ella, no como a un árbol blindado en la soledad del campo. Vuelvo para
sufrir. Y lo veo al galgo encima de mí, y a los otros que sostienen mis brazos
con las rodillas. Se baja los pantalones y la pija se hincha, roja, y de golpe
siento que todo se detiene y veo el cielo y las nubes, y sueño que le doy golpes
al galgo y que me defiendo, me libero y lo mató. Pero en lugar de eso estoy
ahí, con esos perros excitados que me agarran de los brazos y ese galgo pijudo
que me hace temblar. Uno de los que me sostiene también pela y empieza a
pajearse, mientras el otro mira. Tengo miedo y veo las nubes, y miro el cielo. Quiero
ser un pájaro o un árbol blindado. Quiero la muerte, la mía, pero primero la de
ellos, arrancarles la piel, arrancarles la cara.
Y
de repente un galguito se para, asustado y después el otro también. El galgo no
se da por aludido, hasta que un filo lo atraviesa y lo deja con los ojos
blancos. Cae sobre mí, pesado, y empiezo a perder el conocimiento en un espasmo
de dolor y de muerte.
No
hay ni campo ni galgos, ni cielo, ni nada. Solo dolor que se expande y se
contrae como un gran latido en la oscuridad, que no me permite sentir el
cuerpo. Veo unas polillas que revolotean al lado de un farol. Hacen sombras
monstruosas, se posan y dan más vueltas agitando las alas, hasta que despierto.
Las nubes pomposas navegan arrastradas por un viento calmo. Los pastizales se
ondean y puedo sentir la brisa sobre mi cuerpo desnudo, enfriando la sangre y
las heridas. Tardo en incorporarme. Siento la panza rígida. Las articulaciones
doloridas. Sangro. Apoyo el codo y me incorporo hasta sentarme. No hay rastro
de ellos. Miro unos segundos el campo y el monte que está cerca. Las cotorras
dan una vuelta y se vuelven a perder en la densidad verde. Cuando trato de
pararme me caigo al piso y empiezo a perder el conocimiento otra vez.
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