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El espesor de la sangre Cap. 1



Ninguno de los dos habló por un buen rato. Los cables de luz salían de un poste y con su propio peso pronunciaban una curva leve hasta llegar al punto más bajo, y comenzaban a ascender, llegaban a otro poste, para luego volver a descender. Algunos pájaros se posaban a descansar. Cada tanto se veía un nido de hornero en lo más alto. Nubes, en el cielo. Las manos agarraban el volante con firmeza. Eran manos grandes, un poco oscuras, manchadas por el sol, con pelos negros. La prolijidad y el cuidado que tenía en sus uñas saltaba a la vista. El velocímetro marcaba ciento cuarenta kilómetros por hora. Las mariposas se estrellaban contra el radiador y el parabrisas. Un chorrito de agua y el vaivén de las escobillas empeoraban la situación empastando y desparramándolas por todo el frente. Pronto iban a tener que parar a cargar nafta, así que aprovecharían para que el playero les limpie a fondo el vidrio. Ella dormía, tirada, con el cuello doblado y los rulos oscuros sobre la cara. El cinturón de seguridad apretaba la remera dejando entrever las copas del corpiño. El cuadro lo completaban la minifalda de jean y  unas all-stars chuecas que hacían que las rodillas se toquen. Pasaron de largo la YPF y frenaron en una Isaura que estaba a la salida del pueblo. Él la despertó apretándole la pierna con cuidado. “¿Qué pasa?”, “tenemos que cargar nafta. Aprovechá para ir al baño”, “Bueno”, se dio vuelta. La pollera se le levantó mínimamente. Él trató de acomodársela, y ella rápidamente metió su mano en el medio y la bajó por su cuenta, un poco brusca, pero también fastidiada. Estacionaron el Renault, cerca de los baños. Ella se metió en el de mujeres y él fue a cargar el termo con agua. Una vez lleno, volvió al auto y lo acomodó, parado en el piso, entre la puerta y el asiento. Después cerró el  auto y también se fue para el baño.
Cuando salió la encontró hablando con unos chicos de su edad, tal vez un poco mayores, pero que no pasaban de los diecisiete. Pegó un grito, ella saludó apurada, y caminó hasta el auto. “Nunca me dejás hacer nada”. “Subí”. Ella cerró de un portazo y no dijo una palabra más. “La vas a ligar”, la retó. El silencio volvió a cubrir al auto como una sábana. El sol se fue moviendo dejando un aura gris-violácea que cubría todo. Al costado, unas Aberdeen-Angus repartidas de forma aleatoria, pastando.
En el cruce de Santa Fe a Córdoba, la policía los frenó y le pidieron los papeles del auto. Querían revisar el baúl. Uno de los oficiales lo hizo bajar y lo acompaño hasta la parte de atrás, mientras el otro se quedó en la ventana del asiento del acompañante. “Venía rápido tu viejo ¿Siempre maneja así?”. Ella lo miró fijo. Primero seria, con ojos de vidrio, estériles, y un mechón que le atravesaba la cara. Después se lo acomodó con la mano y cambió la expresión: “No es mi viejo”. Un escalofrío recorrió la espalda del oficial, los latidos se aceleraron y las pupilas se expandieron en estado de alerta. Estaba esperando que completara la frase “Es…es…”, y ella se río, “…es mi papá”. El policía suspiró fastidiado, dio un golpecito en la puerta y fue al encuentro de su compañero. Una vez que revisaron el baúl lo dejaron subirse de nuevo al auto, mientras conversaban. Desde la cabina los veían de espaldas, gesticulando. Tenían un semblante grave, por un momento parecía que estuvieran discutiendo. Tardaron varios minutos. Después volvieron y les pidieron los documentos: Alberto Rutman, dni 7.742.110, miró la fecha de nacimiento (Géminis, pensó el oficial); Carolina Rutman, dni 26.091.527, 8 de abril de 1978 (Aries, dijo, y pensó en su cuñada. Sí, parece Aries). Después de algunas cuantas preguntas los dejaron ir. Alberto no dijo ni una palabra. Ella tampoco, hasta que se alejaron un par de kilómetros. “Sos boluda, pendeja…” y le dio una cachetada. “Te odio”. Ella lloró, hasta cansarse, y dejó la mirada posada sobre la puerta, flotando sobre el campo anochecido, sin involucrarse de ninguna manera. Quería que el auto chocara y que él se muriera. Quería que la sacaran de ahí de una buena vez. El mechón rebelde volvía a caer y ella se lo acomodaba detrás de la oreja cada vez. De la nada salió un perro que quedó petrificado frente a las luces del auto. Sus ojos amarillos resplandecieron, dorados, antes del impacto. Rodó por encima del capó, del parabrisas y cayó detrás de ellos. Alberto frenó de golpe. Lo había agarrado desprevenido. Se bajó, iba adelante, y creía que ella lo seguía, pero volteó y no la vio. Asumió que se había quedado en el auto. Movió al perro con el pie derecho. El animal era una gran isla peluda en un charco de sangre espesa. Volvió al auto y ella ya no estaba. Pensó que estaba jugando con él. La llamaba pero no aparecía. Se vio obligado a pasar el alambrado y buscarla entre los maizales, pero nada. Volvió al auto, sin saber muy bien qué hacer. Un rato más tarde, se dio cuenta que no tenía otra opción más que esperar en la banquina.

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