El viento sopla y mueve las ramas de los eucaliptus
que crujen suavemente. Camino por el monte, entre las hojas y las cortezas
secas que se fueron desprendiendo de los troncos. Doy un paso y después otro,
pero no siento las asperezas del piso, creo que floto. Las nubes se mueven
atravesando el cielo con lentitud. Algunas colisionan con otras más chicas, las
desarman, las arrastran hasta transformarse en unas nuevas, con formas
diferentes que siguen el camino que les dicta el viento.
Algo me llama con fuerza. Cada parte de mi cuerpo,
cada partícula, cada célula está unida entre sí. Un vapor de energía fluye
liviano y espeso por los vasos conectando los diferentes compartimentos desde
la punta de los pies hasta la coronilla; esa sustancia vaporosa vaga en mi
interior, entra a la aurícula, llena el corazón y pasa a los ventrículos para
volver a los órganos. Miro mi mano traslúcida y gelatinosa como una medusa. Estoy
envuelta por un aura que me arrastra y se proyecta hacia el campo en forma de
largas falanges que se convierten en tenáculos. Los veo delante de mí, no me
puedo resistir (aunque tampoco intento). Avanzo. Los pastos más largos se abren
anticipando mis pasos. Hay una mancha a lo lejos. A medida que me acerco toma
forma. Es un cuerpo recostado con los brazos estirados a los costados. La
palabra cuerpo encierra cada rasgo, cada extremidad. Es una mujer. Me reconozco
y empiezo a recordar qué es lo que pasó. Veo los cordones que entran y salen
zigzagueando por los agujeros de las zapatillas hasta que se enlazan en los
nudos, veo lastimaduras en las piernas, las rodillas apretadas una contra la
otra, tratando de contener, de manera inconsciente, la herida. Las costillas se hinchan y abren con dificultad. Tengo
cortes en la frente, en la ceja y en el labio.
A los lejos se ven tres hombres marchando. Uno con un
machete obliga a otros dos a que carguen a un tercero, que cuelga pesado y
parece muerto. Mientras tanto yo sigo inconsciente y tiro de mis brazos, pero
no despierto. Dejaron una remera. La agarro. Con delicadeza levanto el torso,
paso un brazo, el otro y por último la cabeza. Le queda enorme, pero no aguanto
verme desnuda. Acomodo la pollera de jean, y busco un poco de agua para pasarme
por la frente y limpiar las heridas.
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