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El espesor de la sangre Cap. 6


El viento sopla y mueve las ramas de los eucaliptus que crujen suavemente. Camino por el monte, entre las hojas y las cortezas secas que se fueron desprendiendo de los troncos. Doy un paso y después otro, pero no siento las asperezas del piso, creo que floto. Las nubes se mueven atravesando el cielo con lentitud. Algunas colisionan con otras más chicas, las desarman, las arrastran hasta transformarse en unas nuevas, con formas diferentes que siguen el camino que les dicta el viento.
Algo me llama con fuerza. Cada parte de mi cuerpo, cada partícula, cada célula está unida entre sí. Un vapor de energía fluye liviano y espeso por los vasos conectando los diferentes compartimentos desde la punta de los pies hasta la coronilla; esa sustancia vaporosa vaga en mi interior, entra a la aurícula, llena el corazón y pasa a los ventrículos para volver a los órganos. Miro mi mano traslúcida y gelatinosa como una medusa. Estoy envuelta por un aura que me arrastra y se proyecta hacia el campo en forma de largas falanges que se convierten en tenáculos. Los veo delante de mí, no me puedo resistir (aunque tampoco intento). Avanzo. Los pastos más largos se abren anticipando mis pasos. Hay una mancha a lo lejos. A medida que me acerco toma forma. Es un cuerpo recostado con los brazos estirados a los costados. La palabra cuerpo encierra cada rasgo, cada extremidad. Es una mujer. Me reconozco y empiezo a recordar qué es lo que pasó. Veo los cordones que entran y salen zigzagueando por los agujeros de las zapatillas hasta que se enlazan en los nudos, veo lastimaduras en las piernas, las rodillas apretadas una contra la otra, tratando de contener, de manera inconsciente, la herida. Las costillas se hinchan y abren con dificultad. Tengo cortes en la frente, en la ceja y en el labio.
A los lejos se ven tres hombres marchando. Uno con un machete obliga a otros dos a que carguen a un tercero, que cuelga pesado y parece muerto. Mientras tanto yo sigo inconsciente y tiro de mis brazos, pero no despierto. Dejaron una remera. La agarro. Con delicadeza levanto el torso, paso un brazo, el otro y por último la cabeza. Le queda enorme, pero no aguanto verme desnuda. Acomodo la pollera de jean, y busco un poco de agua para pasarme por la frente y limpiar las heridas.

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